Anecdotario de un Metro

Desvanecido

El día 20 de mayo, al regresar a casa después de mi día de trabajo, tomé mi ruta habitual, cuyo fin dentro de la ciudad de México termina en el metro Cuatro Caminos. Para quienes vivimos en la zona norponiente de la Zona Metropolitana del Valle de México, dicho metro no es conocido así, es el Metro Toreo. Dicho nombre se debe al logotipo de la estación, que representa el extinto Toreo de Cuatro Caminos: una plaza de toros venida a menos que, al momento de su apogeo, fue techada con un domo peculiar, que rescata el mencionado logotipo.

El Metro Toreo es un centro de historias, de vivencias, recuerdos y experiencias para la población de este lado de la urbe. En meses recientes inició un proceso de renovación y construcción, con miras a modernizar y recuperar el paradero, asolado en los últimos años por la inseguridad, el ambulantaje, y un crecimiento desmedido de los derroteros y rutas del transporte público que convergen en él. Dicho proceso incluyó el derrumbe del paradero sur, y la creación de un nuevo paradero.

Al llegar al Metro, y salir hacia los nuevos paraderos, uno se encuentra con la puerta de entrada y salida; pero en medio, se encuentra el viejo corredor por el cuál se desahogaban las y los usuarios hacia los diferentes andenes. Al principio de la renovación, podía uno acceder a dicho corredor hasta las viejas taquillas. Hoy día ya no es posible, y lo único que queda es la vista de dicho corredor que se desvanece a una tétrica obscuridad.

Cuando uno sale y cruza el nuevo paradero (un triunfo del ambulantaje: te obliga a cruzar primero por todos los “locales” que les han sido asignados al comercio informal antes de llegar a los andenes, cuando una ruta infinitamente más corta podría hacerse entre la salida y éstos), puede observarse el estado de la demolición/construcción. Algo sobresalta justo en medio de todo ese espectáculo creador: el corredor, su estructura, prevalece atravesando todo el escenario de la demolición.

Es interesante. Somos testigos de cómo se intenta derrumbar el pasado, y sin embargo, dicho corredor prevalece para recordarnos que el pasado no se derrumba; al menos no del todo. Es como una columna vertebral sobre la cuál se construirán nuevos presentes que serán los futuros pasados. La obscuridad que se observa desvanecer el corredor al salir del Metro, es un recordatorio tétrico de que, una vez llegado al destino, no siempre se puede seguir en la luz, sino que se puede caer en la obscuridad, en el trazo del olvido.

Con todo este proceso de renovación, lo que vivimos no es sólo una creación barriendo con lo dado. Se vive también un proceso de eliminación de la historia que la gente que ha pasado por ahí imprimió a esas estructuras. Estamos viviendo cómo se destruye el sentido que se le dio al Metro Toreo por esos usuarios, para dar lugar a nuevas impresiones de sentido que (re)signifiquen el lugar. Esto no significa que esté mal dicha destrucción, a decir verdad la comparto pues era necesaria. Pero sí es un poco nostálgico pensar qué recuerdos e historias se van con esa destrucción, para (re)vivir sólo en las memorias de las personas.

Sería fútil de mi parte hacer un recuento de las veces que he pasado por ahí, que llegué y me fui desde ese metro. Fútil sería también traer a colación los recuerdos y memorias que ahí tengo y que se van del lugar para continuar en mi persona. Pero sí es bueno dar una breve elegía ante ellos.

El Metro Toreo, y sus viejos paraderos, han sido el lugar donde muchas y muchos de nosotros aprendimos a conocer la ciudad. Desde él, se forjaron historias de amor, desamor, dolor, placer y felicidad. El viaje mismo a el metro o desde el metro se torna mítico y anecdótico. Sea un viaje solo, con amigos, con parejas, con familia, pero cada viaje imprime en nosotros una parte de lo que fuimos, para recordarla, y una parte de lo que seremos, para que desde ella siga nuestro andar. A través de esta transición, están los lugares que recorremos en este proceso, de los cuáles también nos llevamos y les dejamos una parte.

¿Cuántos de nosotros no nos detuvimos a pensar, a reposar o simplemente a contemplar mientras esperábamos un camión a salir o llegar en sus paraderos? Me pregunto qué palabras, qué sentimientos nacieron o murieron ahí. Muchas veces vi gente llorar, gritar, reír, conversar o callar en sus andenes y sus puestos. Es imposible no pensar en cuánta vida se lleva, y cuánta vida deja.

El paradero será un lugar nuevo, eventualmente. Mientras tanto, y mientras vivimos su transformación hacia esa novedad, vale la pena detenerse a apreciar las minucias de su vieja forma, ya ida, y pensar qué nueva forma y vida queremos imprimir a su próxima novedad.

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