Una experiencia de vida a favor del derecho a decidir

Uno de los temas más recurrentes en el debate feminista es el papel de la maternidad en la mujer. La principal pregunta al respecto es si la maternidad es una decisión o no, y en torno a ella giran temas de importancia como la planificación familiar, el aborto y las políticas de salud sexual y reproductiva.

Quienes defienden la maternidad como decisión, explican que su construcción social es producto del sistema normativo heteropatriarcal (sistema social dónde la figura predominante es el hombre y la mujer ocupa un lugar inferior —ambos construidos de manera binaria—, basado en las diferencias biológicas, asignándole a cada uno funciones y atributos que son excluyentes entre géneros, y que definen su grado de participación en lo público y lo privado). Por su parte, quienes están en contra del derecho a decidir en la maternidad basan su postura en el derecho a la vida; comúnmente se asocia la oposición al derecho a decidir con un pensamiento moral de corte religioso, específicamente cristiano–católico.

Dichos debates son importantes, y las posiciones son polémicas en ambos lados. De mi parte, considero que el derecho de las mujeres y hombres a decidir sobre su paternidad y maternidad es necesario para plantear una nueva sociedad. Sin embargo, muchas veces en la academia y en la intelectualidad se olvida —olvidamos— que no tiene sentido hablar de los fenómenos sociales si no se acerca uno a las personas, que finalmente son quienes viven y desarrollan esos fenómenos. Comento esto porque la experiencia y reflexiones que compartiré con ustedes reflejan un encuentro en lo cotidiano. Encuentro con una persona que, al compartirme su experiencia, me hizo ver problema que abre la presente entrada: el derecho a decidir ser madre.

Me encontraba yo de regreso a casa después de ver a mi novia. Abordé el camión que me llevaría a la estación de metro más cercana. En la siguiente parada una chica subió; después de pagar su pasaje, inició una llamada en su teléfono y se apresuro a la parte trasera del camión. Noté que estaba alterada y tenía la voz entrecortada. Al llegar a la estación del metro, ambos bajamos y ella seguía en el teléfono. Una vez llegando al anden donde tomaría el metro, emparejé camino con ella.

Al hacerlo, le dije que no continuara la discusión, que sólo la desgastaría y no solucionaría nada. Le pregunté por qué discutía con su novio, y me dijo que lo hacían porque ella no servía para tener hijos. Quedé estupefacto ante dicha respuesta, y no quedó más que preguntar por qué decía eso. Respondió que su novio y ella habían realizado estudios y habían intentado seis veces quedar embarazada, sin éxito. Dicho esto le pregunté cuál era su edad; al saberla quedé estupefacto.

19 años. Una chica con un novio de 17 años, que busca ya tener un hijo y que siente que es inservible porque no puede concebir. Al saber esto decidí indagar más sobre ella, para saber sobre dicha preocupación. Mediante la plática, supe que ella trabajaba en una empresa, en el área de producción y distribución, con jornadas de hasta 16 o 17 horas diarias. A esto se sumaba las presiones familiares bajo las cuales vivía. Considerando esto, le comenté que dicho escenario ponía a su cuerpo en una posición complicada para procrear, pues no estaba físicamente sano para ello, producto de la presión en que vive, y las jornadas tan demandantes. Nuestra plática continuó, y le comenté que no tenía de qué preocuparse por no poder procrear ahora, que todavía tiene una larga vida por delante y tendría la oportunidad. Después de una larga plática, tomamos nuestros destinos correspondientes, notando en ella más tranquilidad al despedirnos.

Dicho encuentro fue para mí revelador. Como comenté al principio, muchas veces se nos olvida atender a las personas comunes, que conviven con nosotros día a día cuando, como científicos sociales, reflexionamos sobre los fenómenos sociales. Dicha chica, y su experiencia, son un claro ejemplo de lo que el sistema de vida actual puede producir en nosotros. Destacaré a continuación algunos de los elementos más representativos.

En primer lugar, la concepción que me expresó sobre ella. Es preocupante cuando una persona se concibe a través de la idea de útil o inútil; más aún cuando una mujer se mide como tal por su capacidad de procrear. Precisamente aquí se observa con una claridad los elementos planteados en la reflexión inicial sobre el derecho a decidir. Para ella, la maternidad no era una opción, era un destino, una finalidad, y al no poder cumplirla sintió que no se realizaría como mujer y como persona. No se trata sólo de decidir sobre su cuerpo, se trata de poder construir su vida desde otra perspectiva, donde la maternidad sea un paso y no la meta de su realización como persona.

En segundo lugar, tenemos la cuestión de su edad y la de su pareja. ¿Qué clase de sociedad es ésta, donde la realización social de una pareja que se encuentra en los lindes de la adolescencia es la paternidad? No está mal que consideren ésta como una meta, más bien es preguntarnos si se les han ofrecido otras opciones para realizarse en esa edad. Yo no soy un señor —tengo 24 años—, pero me preocupa y consterna ver a nuestras juventudes con carencias de oportunidades.

En tercer lugar, está la situación laboral de la chica. No pregunté por la paga que recibe; pero el hecho de que una joven de 19 años que ya no contempla en su vida la etapa formativo-académica, y la cambia por un trabajo que demanda de ella 17 horas diarias; es un reflejo de la crisis social y económica de nuestro país. No es sano fisiológicamente que una persona tenga jornadas tan extensas, por pagas ínfimas.

Considerando estos elementos, me pregunto: ¿Sigue siendo vigente mantener un sistema que lleva a una chica de 19 años a valorarse de esa manera, a tener un trabajo mediocre que la explote y le ofrezca una oportunidad nula de crecimiento personal? ¿Es válido mantener un sistema que reduce a la mujer y a las personas a maquinas con una finalidad definida y que las haga concebirse de esta manera? No lo es, no mientras dicho sistema siga enseñándole a una mujer o un hombre que su meta es ser padre, trabajar 17 horas por un salario ínfimo para satisfacer un estándar de vida que no le permite crecer como persona y sí consumirse como humano.

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