Vivir en el encierro. Sobre el primer año de Peña Nieto.

El día de hoy, primero de diciembre, se cumple el primer año de gobierno de Enrique Peña Nieto. Ha sido un largo año; las diferentes reformas que ha impulsado, en conjunción con el acentuado sabor de inestabilidad social que se esparce por el país, han dado mucho de qué hablar a lo largo de este tiempo. Contrario a lo que esperaban desde el gobierno, la respuesta de la población a sus decisiones ha sido más beligerante que aprobatoria, y cada día se dan muestras de ello.

Dos constantes, sin embargo, son las que han estado presentes en medio de toda esta inestabilidad (y en gran medida son la causa de la misma): la represión y el encierro. Éstas dos han sido huella indeleble del estilo de gobernar —si lo que su gobierno hace puede recibir ese nombre— y el origen de ellas está en el inicio de su periodo.

Ese primero de diciembre se observó de manera tajante ambas cosas desde la Toma de Protesta: Un presidente que se quedó solo, encerrado en sus decisiones, le entregaba la banda a alguien quien de origen decidió gobernar encerrado. El cerco a la Cámara de Diputados ha sido parte de la nueva estética legislativa. A lo largo del año, nadie ha visto más allá de las murallas grises y metálicas que hacen material la separación entre representantes y representados. Sus actos de gobierno comparten esta distinción, y sólo añaden un grupo selecto de gente que, resignada a una cuota clientelar, terminan aplaudiendo a alguien que no tiene el mínimo interés por ellos.

Por otro lado, acompañando dichas bardas que cuidan su encierro, está la represión. Desde ellas sale la mano violenta del régimen a acallar las diferencias, intimidarlas, negarlas y suprimirlas. Ese primero de diciembre (y toda protesta desde entonces) nos dio la pauta para dialogar del gobierno: una pared gris que no escucha, acompañada de un garrote que ciegamente golpea por instinto.

Lo preocupante de esto se encuentra en que dichas cualidades sólo reflejan la esencia de un discurso que va más allá: el presidente (porque es realmente minúsculo) dijo hace unos días que en su democracia se reconoce las minorías pero se da prioridad a las mayorías. Contradictorio, pues si hablamos en términos estrictos él no encarna mayoría alguna (18 de 79 millones de votos posibles difícilmente le garantizan eso); y es a esa mayoría cuantitativa (que también es cualitativa) a la que él cierra el paso, niega la voz, y decide reprimir con descaro.

Esto ha sido una parte de su primer año, y con toda sinceridad, sólo el tiempo sabe que nos depara los cinco años restantes con esta tendencia (si es que llegamos a esos cinco años por este camino).

— Armando.

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