Más allá del hombre y lo divino. La filosofía de la Revolución Francesa

Así pues, durante el periodo prerrevolucionario se desarrolló un sentimiento de posición al estado social existente, considerado como absurdo y contranatural, así como la necesidad de intervenir sobre él, a favor de los puntos de vista racionales, del conocimiento de medios políticos eficaces, de una nueva conciencia en el individuo, de su propio valor de una nueva conciencia del valor del hombre, reforzada en el pueblo con un impulso sentimental; y más tarde, hacia fines del siglo XVIII, una concentración creciente del pensamiento y los sentimientos en torno al hombre.  Sobre la necesidad de actuar por el bien de la humanidad. Se trataba ahora de encontrar una base sólida a todas esas veleidades, una forma de pensamiento que permitiera expresar, realizar, las reivindicaciones revolucionarias.
— Bernhard Groethuysen, Filosofía de la Revolución Francesa,  1956.

Filosofía de la Revolución Francesa

Fuente: Fondo de Cultura Económica

Groethuysen, Bernhard, Filosofía de la Revolución francesa, 1ª reimpresión, Fondo de Cultura Económica, México, 1993, 305 pp.

¿Por qué leer un texto sobre la filosofía de la Revolución francesa en la actualidad? La vigencia de un libro no reside en la actualidad de sus contenidos, sino en la trascendencia de éstos más allá de su tiempo, y el texto que ofrece Bernhard Groethuysen es testamento de esta afirmación. En Filosofía de la Revolución francesa, nos ofrece un recuento muy claro y rico de los fundamentos ideológicos del proceso político que dicha revolución abriría en Europa a finales del siglo XVIII.

Ya Eric Hobsbawm, al escribir La era de la revolución (1789–1848), reconocía en la Revolución francesa el inicio del largo siglo XIX. ¿Por qué partir de aquí? Esta respuesta la ofrece Groethuysen, al ver la trascendencia y el papel de dicho momento en las inflexiones que produjeron el nacimiento de la Edad Moderna. Si bien el mundo moderno ya tenía inicio desde mediados del siglo XVI, no sería sino hasta el final del siglo XVIII cuando todos estos procesos sociales, económicos, políticos y culturales lograrían converger para transformar la concepción del mundo.

Dicho cambio, claro está, se ubica en la ruptura con las instituciones políticas y sociales del mundo vigente: la persistencia de las monarquías absolutas, de la mano con el control cultural y social de la Iglesia Católica (que había fortalecido su posición después del advenimiento de la Reforma luterana y las posteriores guerras de religión). ¿Cómo logró esto la revolución? Para Groethuysen, es necesario recurrir a una ruptura filosófica del siglo XVII, junto al pensamiento de tres figuras que darían los fundamentos de la Edad Moderna que trajo dicha revolución.

La ruptura se encuentra desde Descartes hasta Bayle, lo que él llama el paso del Optimismo al pesimismo racional. Este paso logra cambiar la concepción del mundo de un todo orgánico, cerrado, donde toda explicación tiene un sólo origen, hacia un mundo en que es necesario el pensamiento crítico, donde es necesario plantearse las preguntas para obtener las respuestas, que no son producto de una sola fuente (Dios).

Los tres fundamentos filosóficos de la Revolución Francesa, por su parte, son aportados por Montesquieu, Voltaire y Rousseau. Del primero, se encuentra el análisis de la necesidad de las leyes en la conformación de la vida en sociedad, de la particularidad de las sociedades de acuerdo con su circunstancia histórica y geográfica, así como la necesidad de la virtud en la creación de dichas leyes, su papel en moldear al hombre para un bien mayor.

Por su parte, Voltaire retoma el espíritu crítico de la ruptura, y lo lleva a un nuevo nivel, como un paso necesario del pensamiento, del hombre para concebirse más allá del poder político, más allá de Dios. Este espíritu crítico, guiado por la razón, le dará al hombre la capacidad para actuar en el mundo, y poder trascender y transformarlo. En palabras de Groethuysen:

Así como Montesquieu enseña a los estadistas de la Revolución francesa cuáles son las medidas legislativas que hay que tomar para asegurar la libertad de los ciudadanos, Voltaire enseña a los franceses de 1789 a tomar una actitud crítica frente a la tradición, a recurrir al arma destructiva que es la dialéctica. Les muestra cómo hay que arreglárselas para hacer concreto un dato abstracto, y les explica que basta mirar en derredor nuestro, y hacerse preguntas sobre las cosas. […] Él les enseña a descubrir las contradicciones. (Groethuysen, 1993 [1956]: 106)

Es decir:

Voltaire hizo a cada quien consciente de su independencia intelectual. Enseñó a cada quien que llevaba en sí mismo una facultad dotada de valor propio: su pensamiento mismo, la razón. Pero este último valor, el gran señor, el príncipe del espíritu que era el patriarca de Ferney, no llega a considerarlo como siendo el mismo en todos los hombres. (Groethuysen, 1989 [1956]: 124)

Por su parte, el papel de Rousseau es fundamental. No sólo es él quien aporta uno de los conceptos fundamentales de la Revolución, la voluntad general, sino que aporta también un principio que da sentido a dicha voluntad: la idea de igualdad. Sus reflexiones, sus atrevimientos frente a la aristocracia y frente a los propios filósofos ilustrados, son un reflejo de una ruptura total con el pensamiento de su tiempo. Si Voltaire aportaba el espíritu crítico, irónico que era necesario para cuestionar al mundo de su tiempo, Rousseau da un paso más, y lleva dicho espíritu al arrebato, al extremo de llamar viciado el mundo en que se vive. Groethuysen destaca con mucha claridad:

En cuanto a la influencia que ejerció sobre la filosofía de la Revolución francesa, la forma en que Rousseau concibió al hombre, se explica de otro modo. Si se considera el alma como existiendo en sí y desprendida de toda relación con los hombres y las cosas, damos así un nuevo valor a lo que ocurre dentro del alma misma. Y transfiriendo entonces esa noción sobre el ser humano, éste es considerado como desprendido de toda sociedad, como existiendo en sí. Así, adquiere un valor por sí mismo, un valor independiente de toda sociedad. Ya no es la sociedad la que determina su valor, según la relación que mantenga con ella, según el rango que ocupa o la función que ejerza. El hombre porta en sí mismo su valor. (Groethuysen, 1993 [1956]: 164)

Ahora bien, ¿qué consecuencias tienen estas influencias sobre la filosofía de la Revolución Francesa? En primer lugar se encuentra el nacimiento del derecho natural como contraposición con el derecho divino. Esto es posible gracias al giro que los pensadores como Voltaire y Rousseau presentan: que el hombre, por sí mismo, es capaz de servirse de lo que él tiene como tal (Groethuysen, 1993 [1956]: 172–173). El estado actual de cosas lo ha alejado de dicha capacidad.

Esto deviene, a su vez, en el producto ideológico más importante de la Revolución: la Declaración de Derechos del Hombre y del Ciudadano. Es la materialización de la ideología que los tres pensadores ayudaron a construir. En ella se plasma la necesidad de institucionalizar la separación entre el hombre y lo divino, la capacidad innata del hombre de poder actuar y transformar su mundo con sus propios medios físicos, y el hecho que esta capacidad, al ser innata en el hombre, lo hermana, lo iguala con los demás.

Ahí está, entonces el resultado principal de dicha filosofía. El advenimiento del hombre frente a Dios, su negación y a su vez la negación del mundo que giraba en torno a él. El advenimiento de un nuevo Estado, de una nueva comunidad (la sociedad), y el advenimiento de un hombre nuevo, ajeno a Dios. Es este mundo, el mundo de la Edad moderna, el que luego, a finales del siglo XIX, vería con desdén y tristeza Nietzsche, el que lo llevaría a proclamar la muerte de Dios.

Esto nos lleva a la pregunta inicial, sobre la pertinencia de leer en la actualidad un texto sobre la filosofía de la Revolución Francesa. Justo este mundo que vivimos es producto de ese momento fundacional, y en la actualidad encontramos su expresión más acabada, el extremo de ese mundo. Dicho extremo ha llevado a la reproducción y creación de muchas desigualdades, de condiciones que en la actualidad nos aquejan y han llevado a cuestionar la vigencia y validez de dicho mundo.

Es cierto. A mediados del siglo XX ese cuestionamiento llevó a la creación de una nueva corriente de pensamiento, la posmodernidad, que cuestionaba la legitimidad y vigencia de la Edad moderna. Pero más que cuestionarla, sin darse cuenta, fue una nueva etapa de la transformación de dicha edad. Hoy día, regresamos al cuestionamiento de esta Edad, y nos damos cuenta que las alternativas presentes no responden a la necesidad de cambiar dicho mundo.

Y con esto llegamos a la necesidad de leer sobre dicha filosofía, y la necesidad del texto. Nos hemos dedicado tanto a criticar a la modernidad y sus productos sin conocer los orígenes de la misma. Es en las contradicciones de la modernidad donde se encuentran los gérmenes de su reproducción y de sus vicios, y Groethuysen ofrece, en dicho texto, una muestra de dichas contradicciones, una muestra aguda y compleja, pero que no por ello se torna incomprensible. Si a alguien le interesa el cambio del mundo moderno, es preciso conocer sus contradicciones, y Groethuysen abre una puerta apropiado para acercarse a ellas.

— Armando.

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