SOBRE IDENTIDAD

La  identidad es un sueño de una absurdidad patética. Se sueña con ser uno mismo cuando no se tiene nada mejor que hacer. Se sueña con ello cuando se ha perdido la singularidad (y la cultura es precisamente la forma extrema de singularidad de una sociedad)." Jean Baudrillard

La identidad es un sueño de una absurdidad patética. Se sueña con ser uno mismo cuando no se tiene nada mejor que hacer. Se sueña con ello cuando se ha perdido la singularidad (y la cultura es precisamente la forma extrema de singularidad de una sociedad).”
Jean Baudrillard

Hablar de identidad no es cosa fácil y menos cuando ésta deriva de la cultura. La cultura es una abstracción, es una construcción teórica a partir del comportamiento de los individuos de un grupo. “La cultura es el conjunto de rasgos distintivos: espirituales y materiales, intelectuales y afectivos, que caracterizan a una sociedad o grupo en un periodo determinado. Su importancia radica en que a través de ella el ser humano puede expresarse y tomar conciencia de sí mismo.”[1]

“La socialización en las sociedades más tradicionales puede crear unas identidades socialmente definidas de antemano; por el contrario, en las sociedades complejas, los procesos de socialización convierten en un laberinto las trayectorias individuales mediante las que pretendemos aprehender la realidad social y donde la ecuación “un grupo social igual a cultura” no funciona para nada (Pujadas, 1993: 48). Estas trayectorias individuales enmarcadas en una sociedad determinada van perfilando la construcción de la identidad, fenómeno que surge de la dialéctica entre el individuo y la sociedad[2] .

Las identidades se construyen a través de un proceso de individualización por los propios actores para los que son fuentes de sentido (Giddens, 1995) y aunque se puedan originar en las instituciones dominantes, sólo lo son si los actores sociales las interiorizan y sobre esto último construyen su sentido. En esta línea, Castells (1998: 28-29), diferencia los roles definidos por normas estructuradas por las instituciones y organizaciones de la sociedad (e influyen en la conducta según las negociaciones entre individuos y dichas instituciones, organizando así las funciones) y las identidades definidas como proceso de construcción del sentido atendiendo a un atributo o conjunto de atributos culturales (organizando dicho sentido, entendido como la identificación simbólica que realiza un actor social del objetivo de su acción). De alguna manera, se puede interpretar que se están reforzando las propuestas tendentes a reconocer los procesos de identificación en situaciones de policulturalismo (Maffesoli, 1990) o momentos de identificación (Jenkins, 1996) que se dan en la sociedad-red, emergiendo pequeños grupos y redes (en plural).

La dificultad de establecer diferencias o límites entre lo que se podría entender como identidad social e identidad individual es paradigmática. Jenkins, (1996: 19-20) cree que debe rehabilitarse el concepto de identidad social en el campo sociológico: si la identidad es un requisito necesario para la vida social, ésta lo ha de ser, de manera reversible, para la identidad. La dialéctica interno-externo de la identificación es el proceso por medio del cual todas las identidades (individuales y colectivas) se constituyen.

Por otra parte, la identidad social nunca es unilateral, necesita de la interacción. En este sentido, tanto las identidades sociales individuales como colectivas pueden ser comprendidas utilizando un modelo dialéctico procesual, externo e interno. Ello supone, en cierta manera y según Jenkins, una alternativa más completa a la disyunción persistente en la teoría social entre lo individual y la sociedad, la acción y la estructura, etc.

Aunque la construcción de la identidad sea un proceso, ello no implica necesariamente una secuencia, sino que hay dimensiones simultáneas según se vaya dando la práctica social, es lo que Jenkins denomina “momentos de identificación” y le permite asegurar que en este modelo dialéctico el foco está sobre la síntesis.

El individuo humano empieza pensando en términos enteramente sociales y la misma individuación sólo puede conseguirse por socialización (Habermas, 1992: 64). Teniendo en cuenta esta realidad comunicativa que está referenciada sobre una comunidad de comunicación, la identidad que se adquiere tiene dos aspectos complementarios como son el de universalización y el de particularización. Las personas, en este sentido, aprenden a actuar autónomamente en un marco de referencia universalista, y a hacer uso de su autonomía para desarrollarse en su subjetividad y particularidad”[3].

La formación de una identidad colectiva es basada en las costumbres, valores, cultura, etc., de un país, provocando un sentimiento de orgullo por saber que perteneces a un determinado grupo social, por lo que se crea un sentido de intolerancia y de poca aceptación a aquellos que no comparten el mismo sentido de valores, costumbres y cultura, es visto como ajeno al grupo, provocando un acto de exclusión. La globalización, no sólo trajo consigo una serie de cambios dentro de la economía o dentro de la política del Estado, sino también viene a romper con la idea de que todos los individuos de un país son totalmente iguales por haber nacido en el territorio, sino que nos presenta una gama de culturas, tradiciones, lenguas, valores, que nos diferencia y nos da una cierta característica, para muchas personas la diversidad les parece un atentado contra todo aquello que les rodea y les da un sentido de identidad, comenzando a cuestionarse sobre, si pertenecen realmente o no, o imaginar que si aceptan la diversidad , estarán dando apertura a que individuos de la población se integren al demos, y así también traicionando a la identidad que han construido.

Por otra parte la idea del Estado Moderno de occidente, supone en su concepto aún a una sociedad más o menos homogénea, a un entramado complejo con elementos comunes  como la historia o el pasado común, la religión, la raza, el proyecto de nación, etc., (aunque no es determinada por ninguno de estos componentes  de forma exclusiva) sobre un territorio con límites y extensiones  bien definidos, sin embargo, y acorde a lo prescrito por Touraine, el  Estado-Nación ahora está rebasado por la globalización,  lo que causa la confrontación del universo de las técnicas y de los mercados (que aunque tienen un afán homogenizador,  coloca a los individuos en calificaciones de grado en torno a su inserción al mercado mismo, su nivel de ingreso y de adquisición) contra la reafirmación de las identidades individuales y colectivas, conflicto propiciado por la degradación de las mediaciones sociales y políticas ostentadas por el Estado, en el que la autoridad gubernamental redujo, dentro del marco abstencionista del Estado, proceso articulado con  la reducción del gobierno a sus competencias represivas y procedimentales (entrando en una crisis de representatividad); y de lo político a la construcción de empresas partidarias,  el orden político pierde su rol mediador entre el mercado, lo social e identitario (el orden social); trayendo  consigo  el desgarre de las sociedades y el conflicto de las mismas, particularmente de sus individuos al alcanzar su existencia personal, quienes ahora se debaten y se radicalizan entre la homogeneidad instrumental impuesta por el mercado, y entre la identificación comunitaria (que por otra parte puede derivar en expresiones nacionalista y totalitarias) amenazada por  el mercado, por otras colectividades y  por nuevas expresiones culturales, como son las traídas por los inmigrantes extranjeros y nacionales, que son profundamente distintas a las propias y con las cuales es inevitable convivir en este proceso de globalización.

Y viene como conclusión una pregunta, que inevitablemente nos lleva a Alain Touraine-

Algún día ¿Podremos vivir juntos?


[2] Berger y Luckman, “La construcción social de la realidad”. Edit. Amorrortu, Argentina.1988. p.240

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