Dios no ha muerto.

Hablar de Heavy Metal es hablar de Black Sabbath. Todo inicia y termina con ellos. Esa banda que en 1970, con su primer disco, llegara a romper el mundo de la música popular en Occidente —con su mezcla de blues con toques melancólicos casi paranoicos, sonidos tétricos y el tetracorde del diablo— se puede jactar como pocas de ser progenitora de todo un género. Por más de 40 años, cada disco, cada hecho, sus integrantes, han alimentado el canon de éste para definir no sólo la música, sino una cultura.

Ya sea la vestimenta, las portadas de discos sombrías, las letras represivas que abren las puertas más alejadas del alma, pasando por los famosos cuernos; no hay nada en el metal que no remita a Sabbath. No debería ser una sorpresa entonces que su vigencia sólo aumente tan rápido como escriba estas lineas, que alimentan el panteón de su divinidad.

¿Por qué hablar de Sabbath? No sólo por su reunión de la alineación original en 2011 —la cuál fue presentada por Henry Rollins, otrora vocalista de Black Flag, banda de Punk: así la trascendencia—, o porque luego Bill Ward desistiera por problemas legales de participar, o porque es el mayor acontecimiento musical de este lado de “Justin Bieber y la YouTubemanía”.  No. Sabbath ha grabado un nuevo álbum de estudio.

El primero desde 1995 como banda. El primero desde 1978 con Ozzy Osbourne y Geezer Butler. Producido por Rick Rubin —famoso por revitalizar carreras tan seguido como ustedes y yo reímos— 13 es una muestra interesante de la carrera musical de la banda. No sólo muestra el trabajo realizado por la alineación, quien invitó a Brad Wilk —baterista de Rage Against the Machine— a trabajar en este álbum, aquí presente, sino un microcosmos de todo lo que es Sabbath para el fanático o el conocedor del género.

Musicalmente, es impresionante la calidad y nivel de interpretación de la banda. El grado de cohesión que uno puede escuchar a través de las canciones es agradable al oído. Brad Wilk se integra de una manera sutil y concisa en el encuentro de personalidades que son Osbourne, Iommi y Butler. Más que adaptarlo, lo hacen parte de la banda y hablan como iguales a través de su interpretación. Sólo Sabbath, sin duda.

Individualmente, además de Brad Wilk, el trabajo a destacar es de Geezer Butler. No sólo uno de los bajistas definitivos de su generación, en este disco demuestra porque es primordial para Black Sabbath. La profundidad de su sonido, con la capacidad de jugar rítmicamente con Wilk añade un nivel de potencia que pocas bandas de la actualidad alcanzan en su sección rítmica. Esto da lugar a que el trabajo de Iommi, como siempre, no decepcione. Una guitarra potente, de sonido conciso pero crudo, que no desdeña calidad por fuerza. Ahí es donde se ve la mano más clara de Rubin, la capacidad de dar a cada quien su tono sin demeritar el de los demás. Una producción como pocas.

El único eslabón débil de este trabajo es Ozzy. Sí, canta como nunca, pero suena como siempre. Generalmente se escucha cansado, con ciertos picos de intensidad, particularmente en Live Forever. No lo culpo, una vida como la suya cobra facturas, y dentro de esos parámetros se defiende con honra, pero es evidente que no da lo más que puede, como los demás sí lo hacen.

Cabe destacar, entre las canciones, God is Dead?; primer sencillo, con una estructura que aliviana la duración de la canción —casi 9 minutos—, la ya mencionada Live Forever, que nos invita a visitar de nuevo Master of Reality; Dear Father; que cierra el álbum como un martillazo que rompe todo lo establecido para iniciar de nuevo una etapa en el género. No en balde al final se presentan los truenos y campanas que abrirían en 1970 Black Sabbath. Entre las canciones extra, es de destacar la intensidad y velocidad de Methademic, que no pide nada a las mejores canciones de la época de Dio.

Años pasan, bandas van y vienen, y sin embargo Sabbath prevalece. Cierto, hay bandas con sonido más actual, o tal vez con intensidad más arraigada, pero todas ellas deben su lugar a estos tres señores. Podrán tener muchas canciones más rápidas o más agresivas, con letras más reflexivas, pero ninguna logra capturar la esencia del metal tanto como Sabbath lo ha hecho en este disco, que representa una bocanada de aire fresco a un género atrapado entre bandas que abusan más y más de la técnica y la opacidad lírica.

En efecto, Dios no ha muerto, sólo estaba tomando un respiro para grabar 13.

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