Metrobús

“El amor viaja en metrobús…”

(Tipo raro—Instituto Mexicano del Sonido)

La movilidad en la Ciudad de México se fue transformando a lo largo de los años, tanto como su gente. El Sistema de Transporte Colectivo (Metro) fue insuficiente para que los usuarios se pudieran desplazar por diversos puntos de la ciudad y los microbuseros lograban posicionarse como los seres más odiados por todos aquellos que sin otro remedio, teníamos que soportar viajes tortuosos.

Si bien, viajar en cualquier transporte público puede ser sinónimo de caos, la posibilidad de recorrer la ciudad de una forma práctica siempre se agradece, y uno de los casos (a mi gusto) mas sensatos para ejemplificar esto es el metrobús.

Dicho “sistema de autobús de tránsito rápido”, es uno de los mecanismos de transporte más contrastantes, es odiado y amado y como todo en esta vida, tiene sus pros y sus contras, sin embargo, ha permitido que rodar por la ciudad no sea exclusivo del subterráneo ni de las latas rodantes, ha permitido en muchos casos, contemplar al Distrito Federal desde distintas perspectivas.

Ningún transporte público es bonito en horas pico: empujones, jetas, gritos, sudor, jalones, calor, todos esos elementos se conjuntan para hacer estallar nuestros nervios y ponernos evidentemente de mal humor. Sin embargo, el metrobús es uno de esos medios que en horas regulares, es disfrutable como ninguno. (Considerando que no causa claustrofobia como en muchos casos pasa con el metro ¡JA!)

¿A poco no les gusta ver la cara de sufrimiento de los automovilistas en insurgentes (Línea 1)? y desde otra perspectiva, ¿no les parece hermoso ver mientras hacen su recorrido paisajes hermosos de la ciudad como el Monumento a la Revolución, el Monumento a la Madre, el Teatro Insurgentes, entre otros? Sin duda, el metrobús puede ofrecer en los momentos menos pensados cosas bonitas (aunque resulte difícil de creer).

Este medio de transporte no está exento de historias, como todo, se encuentra cualquier tipo de personalidad, desde gente amable, parejas románticas, el chico que baila a mitad de pasillo con sus audífonos, las señoras que se avientan tal cual luchador para ganar el asiento, los que duermen al ver a alguien que necesita un asiento, los que si están dormidos de verdad, los que luchan por tener un buen lugar para poder ver la “bonita y amena” programación de las pantallas del metrobús, la banda que se siente delgada y se postra a mitad de pasillo, la bolita de amigos escandalosos que se ríen a carcajadas en oído ajeno, en fin, cada día, de pie o sobre ruedas, la diversidad no deja de sorprendernos.

Y sí, me estoy viendo muy benévola, considerando todo el dineral que se gastó para la construcción de las 4 líneas existentes, los accidentes que el metrobús ha causado, las ineficiencias que llega a presentar, el descontento de muchos ciudadanos, en fin. Sin embargo, trato que mi camino diario no sea una tortura. Aún de pie contemplo, me burlo y me desespero, es parte de viajar en transporte público. Aún de pie transito por dos líneas al día pensando que al menos puedo mirar por las ventanillas, algo más que paredes color arena, relojes inservibles, transbordes atascados de gente y vagones color naranja.

Que la fuerza los acompañe trepados en autobúses de color rojo, queridos lectores.

—Evelyn (@soyeve1)

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