Morir por la política. Reflexiones en torno a una injusticia.

¿Qué es morir por la política? Generalmente, se entendería a las personas que luchan por una ideología, una convicción, proyecto, ideal, necesidad, beneficio. Pero no sólo se muere de esa manera por la política. La política también genera otros muertos, aquellos que la mantienen vigente, que la hacen funcionar, y esos son los muertos que verdaderamente importan.

Importan porque son los desconocidos. Son aquellos ignorados y relegados por el simple hecho de no tener impreso en su muerte identificación alguna con algo más grande que ellos (lo que mencioné al principio). Para mí importan, e importan más aún cuando son cercanos, no sólo como conocidos, sino como experiencias de conocidos que dañan. En esta ocasión hablaré de ellos, y esta entrada, así como todo el pensamiento y sentimiento que me produce mientras la escribo, van para aquellos muertos de la política que no son reconocidos.

La política necesita de sus muertos. Estos muertos son el fundamento de su funcionamiento y existencia, y nacen de las decisiones que en la política se toman. Decisiones que implican personas, estructuras, programas y acciones que buscan “un bien común”. ¿Bien común de quienes? No de quienes perecen, ni de quienes quedan separados del proceso de decisión, sino de quienes construyeron ese proceso en nombre de un “pueblo” que no es más que una ficción, vil retórica.

En México, esos muertos son las víctimas del proceso de violencia. Muertos que han sido llamado de diferentes maneras: “gente asociada con el narcotráfico”, “daños colaterales”, “civiles inocentes”. Estos muertos son los que alimentan la política del país; política que a su vez contiene a las personas que la viven, la mantiene siempre sujeta a un régimen que está preocupado por su propia subsistencia.

Se entiende de manera implícita porque son muertos políticos —la decisión del gobierno federal de iniciar una “guerra contra el narcotráfico—”, ¿pero eso quiere decir que sin ella tal vez no habrían muerto? Posiblemente, igual habrían muerto, pero su muerte no sería política, sería una muerte privada, una muerte que atañe sólo a quienes estuvieran relacionados con ellos. Existe una gran diferencia entre una muerte política y una muerte privada.

La primera es una muerte que se convierte en número, en estadística archivada en los cajones de un gobierno ineficiente. Es una muerte que le quita la identidad a quien muere, que lo vuelve una suma más a una masa amorfa que estuvo antes de él, y seguirá sin él. Es una muerte que al eliminar eso, le quita también a quienes tal vez tuvieran una relación con el muerto la posibilidad de ser recordado, reconocido por aquellos quienes lo conocieron. Coloca tanto a los muertos como a sus vivos en un purgatorio de incertidumbre en el que deben vivir gracias a una decisión política. Quita todo valor a la muerte como final de un ciclo y la convierte sólo en una fase dónde no hay un fin, sino un eterno impasse. La muerte privada es aquella en que no se pierde la identidad, en la que la persona se sabe que muere, por qué muere, y quienes pueden hacer valer esa muerte. Es el cierre de un ciclo de vida.

Una de las cosas que más duele para quienes viven este proceso de muerte política son las “excusas y justificaciones” que la política produce para mantener su producción ajena a un escrutinio. Los muertos políticos son siempre gente que tenía que morir por formar parte del proceso que la misma política decide. “Murió por estar metido en el narco”, “murió por pasar por ahí aún sabiendo que no tenía que hacerlo”. En primer lugar, ¿por qué ocurren esas cosas, por qué se crean esas situaciones? Siempre son ajenas a las personas.

Sé bien, querido lector, que tal vez lo que escribo ahora puede sonar sesgado, pasional, y demás adjetivos que se leen ajenos a toda racionalidad. Pero es imposible hacerlo cuando sabemos que hay gente que vive un tormento, vive una situación que no estaba destinada a pasar.

En estas fechas, más que recordar de manera trillada a los muertos como una herramienta de protesta política, recordémoslos como aquellos que siguen —hasta que algo logre devolverles— sin identidad, sin derecho a morir, sin un derecho a la memoria de sus seres queridos.

— Armando.

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